Nunca pensé que estando tan cerca, al otro lado del nuevo cauce del río Turia, sólo a seis kilómetros de mi casa iba a ocurrir una catástrofe de grandes dimensiones. Una riada inundaba a setenta pueblos de la provincia de Valencia, que se establecen a orillas del río Magro y del Barranco del Poyo. Valencia, la ciudad donde vivo no llegó a inundarse, pero gran parte de los pueblos aledaños sufrieron lo indecible cuando las calles se convirtieron en ríos, inundando casas y garajes, cultivos, fábricas, comercios, rompiendo puentes y vías de tren, llevándose todo lo que quedaba a su paso, arrastrando coches y lo peor, llevándose la vida de mucha gente, de sus mascotas y de sus animales. Fue terrible, el miedo, la soledad y la tristeza se apoderaron de las personas supervivientes. Sus calles amanecieron llenas de agua y de barro, de coches arrastrados, unos encima de otros. Sus gentes tuvieron que sacer el agua de sus casas, limpiar el barro con escobas y cubos y sacar sus enseres inservibles llenos de lodo. Con el agravante de no tener agua, ni luz, ni teléfono para comunicarse. Una ola de solidaridad protagonizada en su mayoría por jóvenes cruzó la pasarela que separa la catástrofe de la armonía con palas, cubos, escobas, alimentos y agua embotellada para asistir a toda esa población maltrecha. Las autoridades tardaron mucho tiempo en llegar con las fuerzas de socorro como bomberos, policía, protección civil, ejército. También se avisó tarde para que la población se resguardase. Daba la impresión de que lo hicieron por negligencia, falta de coordinación, no lo sé, pero se tendrán que depurar responsabilidades y tomar medidas de ahora en adelante para que no vuelva a ocurrir.
Toda la zona que yo conocía de estos pueblos quedó muy destrozada. Las vías del tren que me conducían de Valencia a Alginet o Carlet quedaron muy dañadas, prácticamente desaparecidas, con todas sus estaciones inservibles por las que pasaba el “trenet”, como Paiporta, Picaña, Torrent o la Font del Almaguer. Y la zona comercial en Alfafar donde tantas veces iba a comprar con mi hermano, con mi madre y con la familia, toda anegada por el agua, o el Centro Comercial Bonaire en Aldaya ,del que aún conservo un pequeño bolso que allí compré hace mucho tiempo, quedaba todo enfangado.
Muchas fueron las emociones que sentí ese fatídico martes del mes de octubre. Primero miedo de que podía haber pasado en mi zona, la incredulidad se adueñó de mi al no imaginar tanta tragedia. Luego sentí tristeza al pensar porqué tanto sufrimiento de la gente, pero al mismo tiempo sentí amor por la solidaridad de esa gente que se ayudaba unos a los otros, esa compasión innata que llevamos todos dentro y que aflora en determinadas situaciones. La empatía solidaria hizo que llorara de emoción cuando vi venir por las calles a un chico y una chica, llenos de barro hasta el pecho, que venían de limpiar todo aquel lodo destructor y que me decían que todo estaba mejor. Y es verdad, todo va mejor, porque con el esfuerzo de todos se saldrá adelante. La empatía siguió al hablar con la gente de mi barrio, que en su mayoría vive en los municipios inundados para venir a trabajar a la ciudad de Valencia. y me contaban que sus pueblos Alfafar, Catarroja o Paiporta habían desaparecido o que parecía que había caído una bomba nuclear. Las imágenes mostraban que por las calles parecía que había ocurrido una guerra, muy impresionables e increíbles.
Ahora también mi sentimiento es de ira, de indignación, al pensar que se podía haber actuado mejor por parte de las autoridades que nos gobiernan, porque estamos en un país del primer mundo, pertenecemos a la Unión Europea y es España un país de importancia geoestratégica. Las DANAS, los terremotos, las erupciones volcánicas no se pueden evitar, son inesperados, pero si se puede prevenir en lo que debe hacer la gente en caso de una riada. Por ejemplo, tener un buen sistema de alertas tempranas, que no sólo se transmitan por el móvil, sino también se avise por megafonía en las plazas y calles, con llamamientos para que las gentes cuando arrecian las lluvias y haya un nivel alto del caudal de los ríos se refugie en las partes altas de sus casas, se suspendan clases y trabajos, para evitar muertes y el miedo y desesperación de toda la ciudadanía, es decir, crear una educación ciudadana ante catástrofes. También crear unas buenas fuerzas de protección civil ante desastres ambientales, muy coordinadas y con respuestas inmediatas, sin burocracia y sin politización para atender las necesidades de la población damnificada. Y lo que es importante, rodearse las administraciones de expertos como ingenieros, geólogos, meteorólogos, agricultores, topógrafos, etc., para poner en práctica buenos proyectos de canalización y limpieza eficaz de ríos y barrancos.
Valencia está herida, está triste, pero lucha. “Valencians en peu alcem-se que nostra veu la llum salude d´un sol novell” , en valenciano, “Despertemos, valencianos que nuestra voz la luz salude de un nuevo sol”, en español, como bien dice una estrofa del Himno Regional de Valencia que nos invita a renacer.
Esto no se olvida. Resurgiremos de nuestras cenizas y espero que los políticos tomen nota de lo ocurrido, de los errores del pasado, asuman responsabilidades y actúen en consecuencia para que esto no vuelva a suceder.
El pueblo actúa, el pueblo se indigna, el pueblo sanciona y el pueblo siempre vence mucho antes que el Estado y sus fuerzas de seguridad en situaciones límite y esto es lo que ha pasado con esta DANA trágica que golpeó a Valencia.
“Donde hay un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Se tú, el que aparta la piedra del camino”
Pensamiento de Gabriela Mistral, escritora chilena y Premio Nobel en 1945
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| El corazón roto de la "terreta" |

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