Córdoba es una ciudad mágica, que te transporta a las civilizaciones que pasaron por allí: Tartesos, romanos, visigodos, musulmanes, judíos, cristianos… Todos dejaron su impronta. No hay más que ver su mezquita, única en España y única de la época medieval de toda Europa, que legaron a la ciudad los musulmanes, o el Alcázar de los Reyes Cristianos, donde los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón.
Es verdad que lo más representativo de Córdoba es la Mezquita y el Alcázar pero hay otros monumentos y rincones que tienen magia y misterio y no son tan reconocidos como sitios de interés si los comparamos con los ya nombrados. Uno de esos rincones, a mi parecer, es el Cristo de los Faroles, que se encuentra en una pequeña plaza. Es una escultura de Cristo crucificado rodeada de ocho faroles. La leyenda cuenta que un hombre misterioso que portaba una capucha cada noche a las doce en punto se acercaba al Cristo y susurraba unas palabras que las gentes que cuidaban de la escultura no lograban escuchar. Siempre se oían todas las noches sus pasos sigilosos hasta llegar al Cristo de los Faroles, hasta que un día decidió revelar su secreto y les contó a los guardianes del Cristo que años atrás, siendo soldado, había sido asaltado por unos ladrones, y sin saber cómo, muy desorientado, apareció frente al Cristo de los Faroles, desde entonces y en agradecimiento al Cristo por haberlo salvado, todas las noches a esa hora se presentaba ante la escultura para proferir una oración de gracias. Después de desvelar su secreto se marchó y desapareció para siempre.
Varias veces he ido al Cristo de los Faroles acompañada por mi familia de Córdoba y todas esas veces que he ido, siempre de noche para ver al Cristo rodeado de los faroles encendidos he sentido el silencio de Córdoba, una ciudad callada que encierra tantas voces que nos hablan de su pasado grandioso. Se respira paz y misterio ante esas luces encendidas y el Cristo, que al mirarlo, me hace sentir un no sé qué, algo inexplicable, algo secreto que supongo que también lo sentirán tanto los creyentes como los no creyentes que se detengan ante el Cristo de los Faroles.
Otro monumento que encierra siglos de historia es el Templo Romano de Córdoba. Me asombraron sus grandes dimensiones y la gran importancia que debió tener Córdoba como ciudad romana. Los restos del Templo Romano de Córdoba son soberbios. Por las columnas y capiteles existentes debió ser de gran tamaño. En la actualidad se conservan restos de la cimentación del templo, la escalera, altar, contrafuertes y algunos fustes y capiteles. Ubicado al lado del Ayuntamiento de Córdoba, su data se supone alrededor del siglo I d. C., en etapa del emperador Claudio, cuando a la colonia patricia Corduba, se le dotó de un gran recinto monumental en forma de plaza porticada presidida por este templo romano. Era utilizado para el culto del emperador. Se calcula que este templo de planta rectangular tendría unas dimensiones de 16 metros de ancho por 32 de largo. Actualmente el acceso directo a este monumento no está permitido, pero las imponentes columnas que se alzan sobre un podio con sus enormes capiteles corintios, hacen fácil imaginarse el esplendor de la ciudad en época romana.
Tras un largo proceso de recuperación que ha puesto en valor esta joya arquitectónica de la época romana, el templo ha sido abierto al público recientemente. La nueva valla de vidrio de 1,10 m de altura, permite obtener la sensación de estar metido en el templo, además de la modernización de la iluminación nocturna, han hecho que luzca todo el esplendor de este monumento.
En el Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba se encuentra al final de las hermosas albercas de los jardines, una inscripción de gran tamaño en el muro que dice textualmente:
“EN TIERRAS TARTESAS HAY UNA CASA CELEBÉRRIMA ALLÁ DONDE LA CÓRDOBA VIENTA SE MIRA EN EL PLÁCIDO EN MEDIO Y ABARCANDO TODA LA MORADA SE ALZA EL PLÁTANO DE CÉSAR DE ESPESA CABELLERA QUE LA DIESTRA FELIZ DEL HUESPED INVICTO PLANTÓ COMENXANDO SU TRONCO A CRECER DESDE SU MANO, OH ARBOL DEL GRAN CÉSAR, OH AMADO DE LOS DIOSES NO TEMAS EL HIERRO NI EL FUEGO SACRÍLEGO, MARCIAL”.
Esta inscripción nos abre una interrogante ¿Cuál es el sentido de esta epigrafía? La historia nos ha dejado constancia de dos visitas de Julio César a Córdoba. Su primera visita, discreta y prolongada fue en el año 65 a.C. y llegó como cuestor, encargado de las finanzas del imperio y de los pagos al gobernador, los funcionarios y la milicia. Fue en este tiempo, según cuentan las crónicas, plantó un plátano (Platanus) que posteriormente mereció los honores de ser inmortalizado por Marcial en su epigrama XLV bajo el título de platano cordubensi.
Cuando entra victorioso en Córdoba dos décadas más tarde tras vencer a los pompeyanos, Julio César manda arrancar el árbol del suelo que fue fiel a sus enemigos. Además, arrasa la ciudad por ser el reducto que sirvió de refugio a sus más enconados enemigos, los hijos de Pompeyo que le disputaban el poder.
El plátano es un árbol longevo y existen diversas fuentes antiguas que relacionan esta especie de árbol con la guerra. Por todo ello la acción del César no fue algo original. Estaba influenciado por la historia antigua, casi mitológica, fue un acto simbólico realizado por una persona influyente, que se preparaba para asumir el mando del imperio. Fue un homenaje a un personaje que con el tiempo se convertiría en la persona más notable y con más poder de todo el mundo conocido.
Desconocido el lugar exacto donde se plantó el plátano, el ayuntamiento cordobés decidió hace cuatro décadas, dedicarle un rincón en el Alcázar de los Reyes Cristianos. En sus jardines figura, junto a un plátano de nueva planta, en un muro de piedra, el epigrama de Marcial en su lengua original.
En este homenaje en el que se combina literatura con botánica, y que pasa desapercibido, se instaló también en el fondo de un estanque un mosaico cuajado de peces, atravesado por canales.

Templo Romano de Córdoba al lado del Ayuntamiento

Templo Romano de Córdoba

Templo Romano de Córdoba-Iluminación nocturna

Cristp de los Faroles- Córdoba
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