El Castro de Coaña se encuentra en Asturias, tierra mágica, tierra única, con sus prados verdes que caen al mar azul, mostrando un contraste de colores sinigual. Tierra de dólmenes, de hadas, de pescadores, de acantilados. Sus pueblos son lo mejor de la costa del Mar Cantábrico. Uno de ellos es Candás, con sus gustosas sardinas y su Cristo milagroso. Otro de ellos es Cudillero, con sus hombres que se juntan para cantar habaneras a la puerta de sus casas. Y un tercero es Luarca, con su cementerio colgado en el acantilado que alberga la tumba de un gran científico universal y sus murales que cuentan historias de balleneros. Unos pueblos de ensueño que invitan a mirar al mar y a sentir respeto por él. Muy afortunada de haberlos conocido de la mano de mi familia que veranea en Asturias.
El Castro de Coaña, antiguo poblado prerromano, donde habitaron celtas y preceltas, a los que los romanos llamaron astures, ha sido nombrado en novelas escritas, en donde habitaban jefes y princesas astures protagonistas de la narración. Fue construido sobre una pequeña colina y delimitado por una gruesa muralla a la que precede en todo su perímetro un foso excavado en la roca; la ruina de los antiguos muros ocultó la presencia de esta trinchera hasta su descubrimiento reciente.
En el barrio norte, único sector habitado del poblado donde se concentran más de 80 cabañas, hasta alcanzar la gran construcción rectangular que se alza frente a la puerta de la Acrópolis, recinto amurallado que corona la colina. En este punto se halla el torreón, denominación atribuida a una gran plataforma elevada sobre el barrio a modo de atalaya, y hoy reinterpretada como espacio de representación social a modo de plaza o tribuna. Desde aquí pueden apreciarse las callejuelas y pequeñas plazas que conforman la organización urbana en la que predominan las construcciones de planta rectangular y esquinas redondeadas junto a edificios circulares con porches rectos o curvilíneos. En su interior aún se conservan las piezas más características del menaje doméstico como los molinos giratorios de mano o los morteros fabricados a partir de grandes piedras graníticas, exclusivos de este castro ribereño del río Navia.
El núcleo más singular del poblado es el denominado Recinto Sacro. Se extiende al pie de la Acrópolis en una pequeña terraza. Las ruinas corresponden en realidad a dos edificios similares que se caracterizan por su cubierta abovedada de la cámara central, cabeceras semicirculares, utilización de hornos, canales excavados en la roca y una enorme tina tallada en graníto. Son edificios característicos de los castros del noroeste peninsular. Durante mucho tiempo fueron interpretados como hornos crematorios. En la actualidad se interpretan como saunas.
Aunque durante algún tiempo se consideró que la fundación del poblado se había producido en tiempos de la dominación romana, las excavaciones más recientes han confirmado que su ocupación es mucho más antigua, pues se remonta, cuando menos, a momentos tempranos del siglo IV a. C.
En la zona del Castro de Coaña se encuentra, lo que podría pasar por un simple adorno es, en realidad una de las joyas del lugar, declarada Monumento Nacional: La Estela Discoidea, una estela granítica circular de gran tamaño, relacionada con la cultura castreña. Posee varios signos borrosos distribuidos en líneas sobre el gran disco de la pieza. La leyenda cuenta que sus vecinos la trasladaron del lugar de su hallazgo, en las inmediaciones del castro, hasta la iglesia parroquial, y al día siguiente apareció muy cerca de donde se encuentra ahora, se decía que por intervención de la Virgen. Por todo esto, la estela fue cristianizada y también se le llama Piedra de Nuestra Señora. Poco se sabe de ella, pero existe alguna pista. No hay nada escrito, pero podría ser parte de un culto al sol.

Estela discoidea del castro de Coaña


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