Recordando mis libros de secundaria, uno en especial me fascinaba, el de Historia del Arte, que simplificaba en cada hoja un resumen de cada momento de la historia y sus representaciones artísticas de mayor relevancia. Era un libro no muy grande y sus páginas estaban unidas por un espiral, a modo de cuaderno. Por cada explicación que abarcaba una hoja, en la hoja siguiente podías ver fotografías que te ayudaban a visualizar cada momento artístico. A mi me llamaba la atención la parte dedicada al arte en la Prehistoria. En las fotografías aparecían los talayots y las taulas de la isla de Menorca en España como monumentos de interés. Me inquietaba, como una joven estudiante de secundaria, cómo podían haber construido las gentes de la prehistoria esas moles de piedra tan asombrosas, y sobre todo ¿para qué?. Estaba claro que estéticamente gustaban, pero representaban mucho más que lo meramente estético.
Las taulas, que es de lo que hoy nos ocuparemos, eran monumentos de piedra, en que se colocaba una gran piedra y otra encima, adquiriendo la forma de una T, o de una mesa, cuya función era religiosa. En ese lugar se adoraban a las deidades.
Recientemente se ha descubierto algo fascinante en la isla de Menorca, en la taula oeste llamada So Na Caçana, una construcción de la segunda Edad del Hierro (600 a. C.). El descubrimiento tiene que ver con algo astronómico y mágico a la vez. Se trata de una ventana u oquedad situada en la fachada de la taula, y que de acuerdo a las mediciones hechas con las nuevas tecnologías, se puede observar que servía para que un rayo de sol penetrara por esa ventana justamente durante el solsticio de invierno para iluminar con esa luz solar las deidades en forma de figurillas que se adoraban.
Es un descubrimiento sorprendente, porque evidencia que las culturas prehistóricas, aunque no tenían escritura, poseían unos conocimientos astronómicos muy avanzados que les permitían tener noción de los astros en la bóveda celeste, y relacionarlo con sus divinidades. Se ha pensado en infinidad de veces que en la Prehistoria su gente era tosca, rudimentaria, sin apenas cultura y que las construcciones de piedra que elaboraban solamente tenían un carácter estético, pero se está demostrando que no era así, que estas sociedades tenían grandes conocimientos porque se dedicaban a observar la naturaleza y a tener una conexión latente con todo lo que les rodeaba en su entorno.
Este importante descubrimiento en las taulas de Menorca lo relaciono con la torre del Micalet situada en Valencia, la ciudad donde vivo. El Micalet es una torre medieval de forma octogonal construida en el siglo XIV y que posteriormente pasó a formar parte del campanario de la catedral de la ciudad. Esta torre pasó a ser el símbolo de Valencia, su monumento más valioso y representativo. El que visitaba Valencia, buscaba la famosa torre para contemplarla, y también subir hasta la parte de arriba para vislumbrar una panorámica de la ciudad digamos que a vista de pájaro. En la actualidad la Ciudad de las Artes y de las Ciencias le ha robado protagonismo a la esbelta y enigmática torre.
Paseando por la calle aledaña al Micalet, subí la vista y miré la torre desde abajo. Observé que había una pequeña ventana alargada, solitaria, en el segundo cuerpo del Micalet. ¿Porqué estaba allí esa oquedad? ¿Qué función tenía? Indagando lo que oculta la torre de mi ciudad, me di cuenta que hay una tradición en torno a esta ventana, y es que cada 15 de agosto, penetra un rayo de sol por la ventana formando un haz de luz en el suelo de la pequeña habitación, precisamente el día que se conmemora la Ascensión de la Virgen María. La catedral de Valencia está dedicada a la Ascensión de María por deseo del rey Jaime I desde el siglo XIII. Esta alineación solar que entra por la ventana en honor a la Ascensión de la Virgen María cada 15 de agosto, mes en el que estamos, nos retrotrae a la taula de Menorca, en que los rayos del sol atraviesan la ventana cada solsticio de invierno para adorar a los antiguos dioses.
Los conocimientos de la alineación de los astros, en este caso el sol y su divinización, no se pierde en la Prehistoria, se hereda en la Edad Media, y se va diluyendo con el cristianismo. Los maestros canteros constructores de las catedrales manejaban estos conocimientos, y al construir el Micalet en el siglo XIV, lo hicieron con conocimientos astronómicos de la posición del sol y su armonización en determinadas fechas del año para penetrar en lugares de culto. Tal vez recordaron lo que un día dijo Jesús: “Yo soy la luz del sol”. La torre del Micalet siempre me ha parecido una construcción mágica, solamente hay que mirarla y conocerla para darse cuenta que tiene mucho que ver con la divinidad solar.

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