En el año 2018 escribí estas letras en tiempos de Sanfermines, en donde busco los orígenes de la relación del hombre con el toro. Ahora que nuevamente estamos en los Sanfermines, me pareció adecuado volverlo a publicar para todo el que me lee:
Siempre me ha llamado la atención la fiesta de los toros en España, sus corridas de toros y en especial los Sanfermines. Correr los sanfermines es una prueba de fuerza entre el hombre y el toro. En uno de los encierros televisados pude ver como un toro arrastraba a un corredor enganchando uno de los pitones al pañuelo que llevaba en el cuello. Lo arrastró varios metros y el hombre intentaba zafarse del cuerno hasta que por fin cayó al suelo y no resultó herido por una cornada del toro. Esto fue una demostración de fuerza entre el hombre y el toro, una lucha para probar quien ofrece más resistencia.
Para entender la relación entre el hombre y el toro, hay que remontarse a los orígenes históricos. Si bien siempre me viene a la cabeza la idea de que proviene de la cultura Minoica, de la gran celebración festiva en la famosa competición atlética del salto del toro representado varias veces en los frescos del Palacio de Cnosos en la isla de Creta, sus orígenes se remontan a muchos siglos atrás. Lo debemos buscar en el Antiguo Egipto, en el llamado Serapeum de Menfis, una necrópolis de animales sagrados, dedicada al toro Apis, que se compone de tumbas y galerías. Ya en el antiguo Egipto se tiene constancia de que se criaban toros para las peleas entre el hombre y el toro para medir su fuerza. Al morir los toros eran enterrados en unos enormes sarcófagos de 70 toneladas de peso. Esas grandes dimensiones hacían pensar a la gente que allí eran enterrados gigantes. La iconografía de las tumbas muestra al toro como el dios Apis. El Serapeum fue saqueado en época cristiana y solamente quedaron osamentas. En los más de veinte sarcófagos los toros eran enterrados recostados en aquellos edificios que se convirtieron en verdaderos centros de peregrinación hasta principios de nuestra era. El arqueólogo francés Auguste Mariette descubre los veinticuatro sarcófagos del Serapeum en el siglo XIX y las referncias en la Antigüedad que ofrece el historiador griego Estrabón, a quien le debemos el nombre de Serapeum, nos muestran que no hay paralelismo, sólo en el Serapeum se entierran a los dioses. En el Antiguo Egipto se adoraban las energías de los animales, en este caso del toro, que simbolizaba la fuerza y la energía regeneradora. Los sarcófagos de basalto negro, de cuatro metros de largo y tres metros de altura, fueron construidos para la eternidad. En un texto de 1313 a.C se dice que el faraón utilizaba la energía del toro Apis para acceder al cielo y contactar con las divinidades que vivían en las estrellas (Textos de las Pirámides). El Serapeum estuvo cerrado durante dos décadas pero ha sido reabierto y constituye una verdadera joya para la arqueología, siendo un verdadero enigma las dimensiones de sus sarcófagos y el hecho de no haberse encontrado nada en ellos hace pensar que estaba construido para los dioses.
En mi memoria quedan los viajes a Coro, la ciudad más antigua de Venezuela. Allí quedaron sus casas coloniales y sus calles empedradas evocando otras épocas. Muy cerca de allí, los Médanos de Coro, un pequeño Desierto del Sahara, con dunas de arena, con viento, con ondulaciones. Y más al norte, si lo miramos en un mapa, sobre la larga costa caribeña venezolana, aparece una especie de cuello delgado con una especie de cabeza al imaginarlo de ese modo. Esa cabeza que sobresale es la llamada Península de Paraguaná y ese cuello es el Istmo de Paraguaná que une la costa con la península. Recuerdo esos paisajes de Paraguaná semidesérticos, con cardones, cujíes y tunas, y esa carretera por donde transitaba con mi familia entre esos hermosos e interminables paisajes que no parecían ser de esta tierra. Daba la impresión que nunca ibas a llegar a tu destino que eran las playas de Adícora, pero al final llegabas para bañarte al caer la tarde en sus fabulosas aguas, con sus olas...

Excelente
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