Celebramos el día 24 de julio un nuevo aniversario del natalicio de Simón Bolívar, 340 años del nacimiento de un personaje fascinante de la historia del que queda mucho por conocer. Fue un adelantado a su época, siendo un gran pensador, estadista y militar de su tiempo. Se ha escrito mucho sobré él, su papel en la historia, sus batallas, su pensamiento político pero algo que me llama la atención es saber sobre su vida cotidiana. En estos días en una reunión familiar, un primo hablaba de que había llevado a su hija para que probara en un puesto de un centro comercial de aquí de España, el mango verde que ofrecía con adobo, sal y limón, para recordar los sabores de su país Venezuela, pero se fue algo decepcionado ya que no era lo que recordaba. Sin embargo a mi me hizo recordar aquella expresión que decían en mi casa de que “Bolívar no comió mango”. Me puse un poco a indagar sobre el tema, y pude observar que varios escritores importantes de Venezuela como Arturo Uslar Pietri y Lisandro Alvarado afirmaban que Bolívar nunca comió mango, que el mango llegó a Venezuela a finales del siglo XIX, no estando presente Bolívar porque ya había fallecido. Quizá esa expresión de “Bolívar no comió mango” quedó en nuestro inconsciente colectivo porque reputados escritores venezolanos así lo aseguraban.
Otros autores como Pablo Ojer, Francisco Herrera Luque y Alejandro Humboldt afirmaron lo contrario en sus indagaciones, es decir que Bolívar sí comió mango. Cuando el novelista colombiano Gabriel García Márquez escribió la novela sobre Bolívar El general en su laberinto investigó sobre la fruta que comía Bolívar y escribió en su novela que Bolívar había comido mangos en Angostura entre 1817 y 1819. La polémica estuvo servida entre los historiadores que afirmaban que si había comido mangos y los que pedían que García Márquez borrara de su novela que Bolívar si comía mangos, cuando nunca los comió.
Los historiadores que afirman que con toda probabilidad Bolívar comió mango hablan de Angostura. Es allí donde un marino vasco llamado Fermín de Sancinenea, perteneciente a la Compañía Guipuzcoana, trae semillas de mango en 1789 procedentes de la India y las reparte a los hacendados y vecinos del lugar, y les explica cómo cultivarlas, en que época y sus cuidados tal como le habían explicado los hindúes a los que les había comprado las semillas, procedentes de la Guayana francesa, pertenecientes a la emigración de hindúes que recibieron las Guayanas francesa y holandesa y también la isla de Trinidad por esa época. Al parecer las semillas dieron su fruto y tuvieron una buena adaptación. El marino vasco envió certificados que corroboraban la introducción del mango a Venezuela al consejero de Estado del rey Carlos IV.
En la obra del escritor Herrera Luque Bolívar de carne y hueso y otros Ensayos hay un fragmento de una entrevista imaginaria a Bolívar: “¿Simón, qué quieres para tu cumpleaños? Quiero una patria libre, democrática, participativa y próspera. Deseo también una torta melosa, postre que le hacía su nana negra Hipólita para consentirlo y jalea de mango”. Cómo vemos también Herrera Luque nombraba el mango como parte de un postre preferido por Simón Bolívar.
En sus viajes a Venezuela, el naturalista y explorador Alejandro Humboldt visita la ciudad de Angostura y en sus observaciones dio fe de la existencia del mango en 1800, que menciona en su gran obra Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente.
La controversia entre los que afirman que Bolívar no comió mango y los que afirman que sí lo comió, deja en evidencia que queda mucho por investigar sobre estos temas inherentes al Libertador. Mucha de la historia colonial de Venezuela queda por escribirse. No sólo debemos conocer nuestra historia de la independencia y de la república libre. Debemos conocer lo que fuimos antes cuando pertenecíamos al imperio español, para saber de donde venimos y quienes somos, cuál es nuestra cultura gastronómica, que es lo que comemos y lo que comimos. El mango forma parte de la dieta del venezolano y seguramente El Libertador lo llegó a saborear, o no. Ahí queda la labor del historiador: Conocer la verdad de los hechos.


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