Esta vez nos trasladamos a Córdoba, ciudad mágica, mágnetica, que te atrapa, donde convergieron diversas culturas y saberes. Una gran urbe que tuvo a los mejores médicos, alquimistas, artesanos, en fin, todo lo que irradiaba luz, cuando en el resto de Europa había oscuridad, guerra y destrucción.
En plena pandemia, en el año 2020, cuando todos estábamos confinados, con restricciones y uso de las mascarillas, los medios daban la noticia de un hallazgo importante a las afueras de Córdoba. Se trataba de una leona ibera. Como ha ocurrido en muchas ocasiones se descubrió esta pieza de forma casual. Un agricultor en una zona de olivos llamada La Rambla, muy cercana a la ciudad de Córdoba, tocó con su tractor lo que parecía una piedra. Se dio cuenta que era una escultura de una leona abalanzándose y atacando en actitud de caza a un carnero. Enseguida fue llevada al Museo Arqueológico de Córdoba para ser estudiada. En este museo estuve hace muchos años con mi madre y una prima muy querida de la ciudad. Su sede es un antiguo palacio magnífico con un patio central. En él hay innumerables piezas arqueológicas de gran valor, y las que puedo recordar eran piezas de la Corduba romana. Este museo tuvo de director y conservador al padre de Julio Romero de Torres, pintor cordobés que nos ha legado cuadros cargados de simbolismo. El padre del pintor, a su paso por el museo quiso emular al Museo Arqueológico de Madrid en sus inicios a finales del siglo XIX.
La leona y el carnero es una pieza poco común, ya que se solía representar a las leonas solas y no junto a otro animal. También es una pieza esculpida en movimiento, difiriendo de la forma hierática en que se moldeaban estas pìezas, es decir, inexpresivas, sin movimiento. Este tipo de esculturas podían tener una función funeraria. Se colocaban sobre una columna y ejercían una función protectora del difunto. En este caso no parece que allí hubiera una necrópolis y se puede pensar que fue llevada hasta allí. También podía representar una deidad con influencias de civilizaciones orientales. Hay estudios que nos revelan que este tipo de esculturas servían para señalizar cruces de caminos. Nuevamente estamos ante el misterio de las sociedades iberas, de las que queda mucho por descubrir y por aprender.
Algo que me he preguntado es ¿porqué los iberos esculpían leones si en la Península Ibérica nunca ha existido este animal?
Podemos decir que la respuesta está en el comercio. Los íberos comerciaban con civilizaciones orientales, tales como griegos, egipcios y fenicios, que pudieron influir en la antigua civilización ibera a la hora de esculpir leones en forma de esfinge. Probablemente también se trajo alguna vez de lejanas tierras un león que sirvió de modelo para crear estas esculturas tan perfectas.
Esta leona enigmática cazando a un carnero, que no sabemos con exactitud que representaba, fue hallada en plena época de pandemia, que nos hace reflexionar y buscar similitudes en que hubo un cambio en la forma de esculpir, se pasa de lo hierático al movimiento, de la quietud a la acción, de igual manera que la pandemia representó un cambio que estamos notando en la actualidad como un cambio de paradigma. Quien sabe si esta leona se encontraba en una encrucijada y nos quiso advertir con su hallazgo en épocas difíciles, que debíamos tomar el camino del cambio en todos los sentidos, para ser más humanos, más solidarios, más respetuosos entre nosotros mismos y con la naturaleza, más generosos y menos estresados, un cambio que se está viendo en las sociedades pese a que aún existen guerras y desencuentros.
En mi memoria quedan los viajes a Coro, la ciudad más antigua de Venezuela. Allí quedaron sus casas coloniales y sus calles empedradas evocando otras épocas. Muy cerca de allí, los Médanos de Coro, un pequeño Desierto del Sahara, con dunas de arena, con viento, con ondulaciones. Y más al norte, si lo miramos en un mapa, sobre la larga costa caribeña venezolana, aparece una especie de cuello delgado con una especie de cabeza al imaginarlo de ese modo. Esa cabeza que sobresale es la llamada Península de Paraguaná y ese cuello es el Istmo de Paraguaná que une la costa con la península. Recuerdo esos paisajes de Paraguaná semidesérticos, con cardones, cujíes y tunas, y esa carretera por donde transitaba con mi familia entre esos hermosos e interminables paisajes que no parecían ser de esta tierra. Daba la impresión que nunca ibas a llegar a tu destino que eran las playas de Adícora, pero al final llegabas para bañarte al caer la tarde en sus fabulosas aguas, con sus olas...


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