Uno de los más sorprendentes hallazgos de la provincia de Valencia ha sido el descubrimiento del Guerrero de Moixent (Mogente en castellano) o también conocido como el Guerreret. Se trata de una pieza íbera de bronce del siglo IV o V a. C. que representa a un guerrero montado a caballo, con un casco que porta un penacho. En una mano lleva un escudo y en la otra una falcata, que es una espada ibera, de forma curva y de un solo filo. Lo llamativo es que la figura mide un poco más de 7 centímetros y roza la perfección en su acabado.
El Guerrero de Moixent fue descubierto en 1931 en un yacimiento arqueológico llamado La Bastida de les Alcusses, cercano al pueblo de Moixent, por un obrero que participaba en la excavación, que se iba a comer después de su jornada, y de pronto tenía en sus manos esta pequeña pero fascinante figura. Las excavaciones han sacado a la luz restos de un poblado ibero de gran importancia económica y estratégica de la zona, con restos de murallas, casas, barrios con sus manzanas, restos cerámicos, falcatas, etc.
Escribo estas líneas sobre el Guerrero de Moixent porque hace muchos años tuve la suerte de conocer la historia del guerrero visitando en primer lugar el Museo de Prehistoria de Valencia, en donde está expuesta esta figura tan pequeña pero tan grande en importancia en la cultura ibera. No sólo tuve la suerte de ver al diminuto guerrero en el nada desdeñable museo de Valencia sino que tuve la gran suerte de visitar en compañía de mi madre y de mi hermano, que me inculcaron este amor por la historia y la arqueología, el yacimiento arqueológico de La Bastida donde habían hallado al guerrero. Dos veces estuve allí, y además de mi madre y de mi hermano, venía una vez mi prima, y otra vez mi tía, también amantes del arte y de la historia. Fue una experiencia muy interesante, estar sobre el terreno que habían pisado hace 2500 años los habitantes de la comarca. Nos acompañaba un guía que nos iba explicando cómo vivieron los íberos en aquel poblado que conservaba parte de sus murallas y sus casas. Recuerdo que repetía varias veces que los íberos eran sociedades de prestigio. A mi hermano y a mi nos hacía gracia que lo repitiera tantas veces, pero creo que tenía razón y mucho porque de verdad fueron sociedades que poseían una cultura de consideración. Mientras caminábamos por aquel poblado, el guía iba recogiendo del suelo lo que consideraba que podía interesar a los arqueólogos. De pronto, recogió unos fragmentos de lo que parecía cerámica. El hombre se acercó a mi y me los dio en la mano, me dijo que podían ser parte de la cerámica íbera o tal vez restos de cerámica proveniente del comercio con los antiguos griegos. El guía siguió su explicación y de repente levantó del suelo una falcata, una espada íbera, pero esta vez no me la dio, dijo que se la daría a los arqueólogos porque seguramente tendría mucho valor. Estos pequeñísimos fragmentos aún los conservo como un tesoro, como un recuerdo de mi “aventura arqueológica”. Nuestro periplo terminó con la recreación de una casa íbera, con su patio y un molino de piedra para moler el trigo. Lo más sorprendente fue la explicación del guía acompañante cuando decía que los íberos habían inventado la llave para abrir y cerrar las puertas de sus casas, algo que no sabía y ahí me di cuenta de la gran trascendencia de esta invención y que la propiedad privada estaba presente en esta civilización milenaria.
Buceando en la prensa encontré un artículo del diario El País del año 2010 en donde se hablaba de un importante hallazgo en La Bastida de les Alcusses de varias falcatas, escudos y jabalinas doblados, rotos y quemados intencionadamente que al parecer eran parte de un ritual, pero no era un ritual a sus muertos, sino que más bien parecía un ritual hacia un personaje, a un guerrero para preservar su memoria, pero ¿Porqué quemaban e inutilizaban sus armas? Un verdadero misterio que nos ha legado esta civilización antigua.
Al leer este artículo recordé la falcata que había encontrado el guía que nos mostraba el poblado, una pieza que se la guardó para dársela a los expertos y que me había quedado con las ganas de tenerla cual arqueólogo para estudiarla. Lo que si guardo aún en un cajón es aquellos pequeños trozos que formaron parte de una pieza cerámica que seguramente era autóctona, o tal vez era extraña y formaba parte del intercambio comercial. Tuve en mis manos los trozos cerámicos que me ofreció tan gustosamente el guía de la misma manera que aquel obrero, que por casualidad se encontró al guerrero ibero y se lo dio en las manos al arqueólogo, que observó que esta pieza tenía una gran carga simbólica porque representaba a un exvoto, es decir una pequeña pero gran ofrenda a los dioses.


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