Abajo de mi casa, en la plazoleta trasera, hay sembrados una hilera de arbolitos no muy altos que cada primavera florecen con una flor entre blanca y amarilla que desprende un aroma suave y delicado. Cada vez que salgo de mi casa o llego a ella tengo que pasar por debajo de ese árbol que todas las primaveras florece en abundancia dándole un olor especial a la plaza. Una de esos días en que pasamos por debajo del árbol, mi madre arrancó un ramillete de esas olorosas flores para que yo las pusiera en un jarrón con agua y así tener mi habitación aromatizada. Cuando llegué a casa, cogí un pequeño jarroncito de cerámica toledana que tenía guardado, lo llené de agua y coloqué dentro de él las flores y las puse sobre mi escritorio. Desprendían un gran aroma y lo más sorprendente es que aquel pequeño ramillete duró intacto y perfumando el entorno unos diez días y los capullos que tenía se abrieron regalándome unos días más de ese divino olor. Creí que aquellas flores se marchitarían...