Nunca pensé que estando tan cerca, al otro lado del nuevo cauce del río Turia, sólo a seis kilómetros de mi casa iba a ocurrir una catástrofe de grandes dimensiones. Una riada inundaba a setenta pueblos de la provincia de Valencia, que se establecen a orillas del río Magro y del Barranco del Poyo. Valencia, la ciudad donde vivo no llegó a inundarse, pero gran parte de los pueblos aledaños sufrieron lo indecible cuando las calles se convirtieron en ríos, inundando casas y garajes, cultivos, fábricas, comercios, rompiendo puentes y vías de tren, llevándose todo lo que quedaba a su paso, arrastrando coches y lo peor, llevándose la vida de mucha gente, de sus mascotas y de sus animales. Fue terrible, el miedo, la soledad y la tristeza se apoderaron de las personas supervivientes. Sus calles amanecieron llenas de agua y de barro, de coches arrastrados, unos encima de otros. Sus gentes tuvieron que sacer el agua de sus casas, limpiar el barro con escobas y cubos y sac...